Boris e Irina

El zumbido mudo, persistente y vacío de la carrocería metálica arañando la nada había sido su banda sonora desde hacía muchos meses. Encapsulados en un caparazón grueso e inerte, ellos dos habían florecido desde la distancia cósmica que son dos trajes espaciales en una nave tripulada hacia Marte. 

La nave soltó amarras el verano pasado, abrasando la gélida tundra siberiana con la propulsión de mil millones de remeros. Boris e Irina se saludaron militarmente y se dispusieron, junto a Yuri y a Svetlana, a comenzar inmediatamente los protocolos establecidos y sus tareas asignadas. Todo estaba meticulosamente previsto, milimétricamente controlado. Preparado, ejecutado, anotado, analizado. Cada gesto que hacían era fruto de una metódica rutina entrenada hasta la extenuación y de años de trabajo de investigación. Traían una montaña everística de experimentos por desarrollar, en un orden y una precisión indiscutibles. Todo estaba, una vez más, escrupulosamente predefinido.

Todo, menos la mirada de Boris. Todo, menos ese roce en mitad la no-gravedad que volatilizaba su autocontrol, su frialdad, tal vez su lucidez. Todo, menos esa ansia por verse, por saber, por descubrir.

Día a día, la nave se acercaba sigilosa en mitad de la negrura cósmica hacia su objetivo marciano. Irina no sabía si quería llegar o si prefería seguir flotando en ese universo de luz interior, abstracto e indefinido, pero de pureza genuina. Llegar a Marte y proceder a todo, tal vez. Porque al llegar podrían hacer, y al hacer podrían volver. Y al volver podrían casarse. Aunque no estaría mal primero tener una cita, tras meses conviviendo enfundados en trajes de astronauta, con dos compañeros más, en el claustrofóbico envoltorio de crisálida que había resultado ser su aeronave. Volver y poder salir de su saquito de oruga y abrir las alas multicolores de su relación, ver hasta dónde podían volar. Este viaje metamorfósico ha resultado ser un viaje muy distinto del que ellos creían emprender.

Piiiiiiiii. Los pitidos de las pantallas digitales avisando de las alteraciones en los indicadores hacen que les dé un vuelco el corazón. Bum, bum. Bum, bum. Asteriodes. Bum, bum, bum, bum. El latido es tan audible como el friegue histérico de las rocas cósmicas alrededor de su cabaña metálica. Boris coge la mano de Irina. Los indicadores siguen alterados, enloquecidos. Irina contacta con la base. «Tenemos problemas, esto no salía en los informes».
Nada salía en los informes. Tampoco esa mano firme de Boris que no la suelta, que la mantiene en pie aún flotando en la antimateria entre Marte y el planeta azul. Hay muchos conceptos de universo y muchas formas de antimateria, y Boris e Irina van a seguir de la mano, firmes, en cualquiera de ellos.

El pitido desciende y lentamente desaparece. Los asteroides también. Boris se gira hacia ella con una mirada segura, cómplice e infinita. Su pelo castaño y grueso tiene un movimiento extraño sin el magnetismo de la gravedad. Qué más da. Sus ojos, Irina lo puede jurar, tienen todo el magnetismo concentrado que aloja el universo.

Sin soltar su mano, Irina se gira, y mira por el pequeño ojo de buey que es la ventana de su bergantín.

A lo lejos, muy lejos, les espera su mañana.
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