Piero y Mariella

– Cómo te lo explico. A ver, tu sitúate. La sala 2. Sabes dónde está, ¿verdad? No sé si has venido muchas veces, el día que viniste creo que nos fuimos directamente a la cafetería, que está en la otra punta del segundo piso… pero intenta hacerte una idea, Flavia. Yo suelo entretenerme mucho en esa sala, la verdad, porque me encanta. Piensa que raramente tengo grupos de más de cinco o seis personas, a no ser que sean familias, y me alargo con las explicaciones de Giotto, Cimabue, Buoninsegna… . Bueno, que me voy por las ramas, es lo que tiene dedicarse a ser guía de museo y hacer el speech todo el día. Pues eso, sitúate, estoy yo en la sala 2. Un día, ya hace unas semanas, cuando estaba yo allí con mi grupo, entró otro grupo mucho más grande de adolescentes con un guía que no es oficial del museo, ya sabes, un externo. No hay problema, oye, que aquí cabemos todos. Los adolescentes curiosearon la sala, más ruidosos de lo que a mí me hubiera gustado, en fin, ya se sabe, y poco a poco se arremolinaron como una bandada de estorninos alrededor de su guía, que los condujo sin darse cuenta justo donde estaba yo, bajo la Maestà di Ognissanti.

-¿Esa no es la que tanto te gusta? 
– Sí, sí, Flavia. Es esa. Pues empiezo a indicar a mi grupo que nos situemos un poco más hacia delante, yendo hacia el corredor, para dejarles espacio, y así seguir explicando y, al girarme, no sé, nos vimos. Y me sonrió. Yo que sé, Flavia, pero me quedé… no sé. Ya sabes. 
– Oye, Mariella, que tampoco pasa nada por haberse quedado en shock por la sonrisa de un chico. Ya sé que tú eres de lo más ascético, chica, que pareces una cartujana, pero ya era hora, que no pasa nada, que te ha gustado el chico, relájate, Mariella. 
– No, ya, es que no sé. Me sorprendió mucho y me quedé muy atrapada. Intenté escuchar cómo explicaba la Maestà, ya ves, como si la adolescente fuera yo, allí intentando poner la oreja mientras mi grupo esperaba mis explicaciones. Pues oye, que domina el tema muchísimo, de verdad. Encima, para ponérmelo más difícil.  
– ¿Difícil de qué? Mariella, si me alegro un montón. Ya era hora. Que llevas una vida más rígida que tus figuras de esos cuadros medievales. Que vives nada más que para ir a los Uffizi cada mañana a trabajar. Siempre has sido la más académica de todas mis amigas, ya te conozco, pero si te soy sincera, ya era hora. ¿Le has dicho algo? 
– Bueno, no, la verdad es que no. 
– Ya… ¿Le has vuelto a ver? 
– Sí, eso sí, buf, ahora te cuento, es que creo que se me está yendo la cabeza. Desde ese día, cada vez que estoy explicando en la sala 2 no paro de mirar de reojo y buscarle instintivamente en cada grupo que entra, en cada voz que oigo por el corredor, no sé, con la esperanza de coincidir otra vez. Y ya me lo he cruzado varias veces, siempre en la sala dos. Viene por las mañanas, suele aparecer con un grupo sobre las 11h, creo que debe ser un nuevo fichaje de alguna agencia para viajes de escolares. Se llama Piero. 
– ¿Le has preguntado el nombre?
– Qué dices, loca. Qué va. He oído que le llamaban así. Los adolescentes son muy locuaces, ya sabes. Le gusta llevarles a todos bajo la Maestà di Ognissanti, y les explica todo tan bien, pero tan bien. No te lo creerías. Les cuenta lo que supuso esa obra, ya sabes, es un hito en la historia del arte, se considera la primera piedra para comenzar a construir todo el movimiento que fue el Renacimiento, Flavia, es que para mí no es ninguna broma, y justo coincido con él allí cada día, ¿sabes?, justo allí. Bueno, coincido… Te confieso que poco a poco he empezado a adaptar mi recorrido para que me encaje a las 11h en la Maestà di Ognissanti. Estoy fatal, ¿verdad? Sí, dilo, estoy fatal. Cuando veo que entra un grupo de adolescentes no te imaginas, empiezo a tener palpitaciones, me pongo super nerviosa, creo que incluso me atasco hablando, me pierdo en lo que estoy diciendo porque voy mirando todo el rato de reojo… incluso intento estar atenta antes de que entren por si oigo ya jaleo subiendo por la escalera… Pero es que…
– ¿Qué?
– No sé, es que no sé si me estoy yo montando la película en mi cabeza, pero creo que él también me busca. No quiero parecer engreída por pensar eso.
– ¿Engreída? Qué dices, Mariella, ¿de qué hablas? Eres monísima, una experta en arte, y además amiga mía, ¿cómo no le vas a gustar? Pues claro, normal. ¿has visto que te busca?
– Creo que sí… cuando entra en la sala, lo primero que hace es recorrer cada rincón con la mirada hasta que me ve y entonces no puede evitar esbozar una gran sonrisa. 
– ¿Y qué haces?
– ¿Que qué hago? Me derrito. 
– Ja, ja, ja…. Ese es tu Renacimiento, Mariella, él es tu Giotto.
– Estás como una regadera. Pero yo también lo he pensado… Te lo juro… Cuando empieza «Esta obra de Giotto, fechada en 1310 y que supuso un antes y un después en la historia del arte…» con entonación perfecta, emocionada y sobria al mismo tiempo, me encanta, porque no es teatral ni exagerado, pero sí muy apasionado, lo explica con pasión Flavia, con pasión. Y me mira. A veces hasta me parece que me lo explica a mí. Te lo prometo. A veces me imagino, pero sólo me lo imagino yo, ¿eh?, que cada palabra de su explicación, cada frase, me la dirige a mí, como una declaración de amor en un código secreto, que sólo él y yo sabemos, como si fuera un mensaje en clave, día tras día. Que esas disertaciones sobre la perspectiva y el realismo de los pliegues de la ropa, mirándome, de verdad, sin parar de mirarme, es una manera de decirme muchas otras cosas a mí. ¿Te imaginas que fuera cierto? Porque creo que él también quiere coincidir a las 11h allí conmigo, ¿sabes? De hecho, hoy pensaba que Piero no venía y estaba agobiadísima, eran las 11.10h y no había entrado ningún grupo de adolescentes todavía. Y, de repente, he oído unos pasos apresurados resonando contundentes en la escalera, subiendo casi a saltos los escalones, y al poco tiempo Piero ha entrado atolondrado en la sala, parecía agobiado, parecía, no sé, que llegaba tarde a algún sitio. Intentando no gritar, de repente, ha llamado a su grupo que perezosos y rezagados se arrastraban con desinterés escaleras arriba. Y justo en ese momento, se ha girado y desde el umbral de la puerta de la sala ha mirado nervioso hacia la Maestà di Ognisanti, donde yo estaba esperando. Me parecía que casi podía oír sus latidos, te lo prometo, y, de hecho, me daba pánico que alguien pudiera estar oyendo los míos. Ha respirado hondo, y me ha sonreído. Y se ha dejado caer apoyando la espalda contra la pared, mirándome. Ha esperado que todos los adolescentes fueran entrando, así, sin dejar de mirarme. Yo sin dejar de mirarle. Pero, entonces, mi grupo se ha impacientado, ya sabes, y me ha pedido seguir la visita.
– ¿Pero cómo? ¿Y te has ido? ¡¡Mariella, pero qué dices!! 
– Estaba muy nerviosa, él me ha visto, ha visto como  me llamaban la atención y también ha visto que le volvía a mirar a él antes de irme. Me estaba mirando, me estaba mirando a mí, Flavia. Entonces un adolescente se ha acercado a consultarle algo y ya he tenido que salir a la galería y guiar a mi grupo a la siguiente sala. No te imaginas, Flavia. Piensa que Giotto es la sala 2, y en los Uffizi hay más de 45 salas. Yo intentaba esperarle, pero no se tarda lo mismo en mover a un grupo de cinco adultos que a una clase entera de adolescentes. Era imposible. Ha sido imposible.
– ¿Cómo que «ha sido»? ¿Ha sido hoy?
– Ha sido ahora. Debe estar haciendo la visita todavía, yo ya he dejado a mi grupo. 
– Levántate. Nos vamos. Y arréglate el pelo, anda, date prisa. Yo quiero ver a este Piero y, por encima de todas las cosas, quiero ver qué es capaz de pintar para ti.
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